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Artículo 09

Volumen 03


Juan Pérez

La Trágica Historia de un Profesor de Historia

 

Raúl Guzmán Vázquez

Plantel 9 “Pedro de Alba”

Colegio de Inglés

 

Ésta es la historia de un profesor de historia llamado Juan Pérez. Pero para empezar necesitamos saber quién es Juan Pérez: estudiante muy brillante de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) y que desde pequeño se interesó mucho en la historia, así que decidió ser historiador. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y, no conforme con una licenciatura, hizo dos maestrías, una en la UNAM y otra en la UAM, ambas relacionadas con la historia de México y su economía. Después ganó una beca y se fue a estudiar un doctorado a España. De regreso a México, decidió trabajar en la ENP. Se sentía muy orgulloso y muy capaz de lograr que sus alumnos se apasionaran como él con la historia. Sentía que con tantos estudios era más que suficiente.

¡Qué equivocado estaba!

 

Desde el primer día de clases se enfrentó a muy serias dificultades, éstas no tenían sentido, ya que no tenía un objetivo claro y los alumnos se perdían a mitad de la clase; les dejaba tareas y no comprendían qué quería el profesor, a duras penas lograban entregar sus trabajos y, cuando Juan los revisaba, se daba cuenta que sus alumnos no entregaban lo que les había pedido. Los dejó exponer y, sin embargo, sus alumnos no tenían la más mínima idea de cómo preparar la clase, y ni siquiera sabían cómo los iba a evaluar. Les llevaba material, pero el mismo Juan no tenía idea qué hacer con todo ese material. Todos los alumnos se empezaron a frustrar porque no tenían la más remota idea de lo que el profesor quería de ellos. Se preguntaban de dónde salió este loco. Y por otro lado, Juan se encontraba decepcionado; se preguntaba si los alumnos actuales no tenían la capacidad de estudiar, si por tanta Internet y televisión ya no les quedaba neurona alguna en el cerebro. Sin embargo, siguió con su intento. Buscó formas para involucrar a sus alumnos, y para colmo de males un día llegó disfrazado de Zapata y sus alumnos pensaron que era un campesino que estaba buscando fondos para su lucha contra el gobierno.

 

Cuando Juan estaba a punto de renunciar, se encontró con una cara conocida: su antiguo profesor de inglés, Thomas Sánchez. Juan se alegró mucho y decidió platicarle lo mal que se sentía y lo decepcionado que estaba. Thomas escuchó atentamente a su antiguo pupilo y reía conforme Juan le describía cada una de sus acciones en clase.

 

El profesor de inglés decidió ayudar a Juan y para empezar le hizo una pregunta: “¿Realizaste una evaluación diagnóstica al inicio del curso?”, a lo que Juan, con cara de sorpresa, le respondió “No, ¿qué es eso?”

 

Thomas le contestó “Una evaluación diagnóstica te permite conocer a tus alumnos en términos de las destrezas y conceptos con que se integran al nuevo grupo”.

 

“¿Qué más necesito saber para poder dar una clase?” preguntó Juan.

 

“En nuestra labor docente es importante que tomes conciencia de que el grupo no sólo lo conforman los alumnos, sino también tú. Necesitas crear un ambiente grupal favorable”. Continuó Thomas. “También requieres de una planeación de la clase, ya que es fundamental en nuestro quehacer docente, nos marca una ruta a seguir, misma que se puede flexibilizar y adaptar según las necesidades del grupo; lo que te puede funcionar en un grupo en otro tal vez no, esto es debido a la diversidad de estudiantes que tenemos. Y después de la reflexión y la planeación, viene el momento de tomar decisiones”.

 

“¡Qué interesante!” Juan exclamó. “¿Y eso es todo lo que hay que saber?”.

 

“No. Eso nada más es el principio” respondió el profesor de inglés. “Hablar de aprendizaje en los alumnos es un asunto que nos remite obligadamente a toda una serie de conceptos, factores y procesos humanos que rodean e incluso condicionan este desarrollo humano.”

 

“¿Qué? Eso suena muy complicado”

 

 

“Tú eres, en primer instancia, en quien recae la responsabilidad sobre el qué y el cómo propiciar los aprendizajes escolares de la mejor manera, por lo que un cuestionamiento casi inmediato sería: ¿cuáles son los requerimientos mínimos que un profesor debe cubrir para desempeñarse oportunamente en el salón de clases y propiciar el aprendizaje en sus alumnos?”

 

“Eso no es tan fácil de contestar, sin embargo creo que ya empiezo a entender este asunto de dar clases”, Juan respondió.

 

Thomas continuó diciendo: “Requieres de prepararte para poder dar clases, te voy a traer unos libros de pedagogía para que te empieces a preparar”.

 

Juan Pérez se dio cuenta que no era nada más tener conocimientos de la materia, tenía que prepararse, planear su clase, desarrollar una atmósfera agradable, en pocas palabras, tener otra actitud hacia la enseñanza. Y algo muy importante es mostrar un alto sentido de responsabilidad. Llegó a la conclusión de que todo profesor debe tener y/o desarrollar las siguientes capacidades:

  • identificar los modelos educativos y pedagógicos que permean su quehacer dentro del aula;
  • comprender los procesos de aprendizaje y enseñanza a la luz de la perspectiva psicopedagógica de los modelos educativo y pedagógico en cuestión;
  • comprender las condiciones histórico-culturales tanto de sus alumnos como de su entorno;
  • conocer diferentes estrategias de aprendizaje efectivas en el aula, así como diseñarlas, adecuarlas y aplicarlas en las condiciones específicas de tus alumnos en cuestión, (edad, grado académico, nivel de desarrollo de capacidades previas, contenidos curriculares, etc.);
  • vivenciar cotidianamente los valores y actitudes;
  • relacionar, de manera objetiva, el desempeño de los alumnos en términos del desarrollo de capacidades-destrezas y valores-actitudes con el trabajo que el propio profesor planeó y desarrolló dentro del aula como una manera respetuosa, solidaria y constructiva de emitir una evaluación por objetivos;
  • actualizarse permanentemente en los conocimientos inherentes a su rama o disciplina de estudio para manejar óptimamente los contenidos curriculares.

 

 

En la medida en que cada profesor cumpla con los requerimientos mencionados, se podrá decir que se está acercando a una figura de facilitador del aprendizaje, de mediador del aprendizaje. La propuesta de convertirnos en facilitadores o mediadores del aprendizaje va mucho más allá del simple cambio de nombre, debe verse más como un proceso en donde la función del profesor se enriquece, es decir, se trata de re-conceptualizar la función docente desde una perspectiva, en la que lo principal no es lo que el profesor hace para que los alumnos aprendan, sino lo que el profesor “propicia” para que los alumnos desarrollen capacidades, destrezas, actitudes y valores.

“Todo esto de dar clases es realmente un arte,” dijo Juan. “Se requiere de tiempo, dedicación y madera”.

 

Thomas asintió y le comentó: “Además requieres de un gusto por la enseñanza, ser honesto contigo mismo y tener en cuenta que tratas con seres humanos y no piedras o fósiles. En pocas palabras, necesitas pasión”.

 

Para fortuna de Juan, durante el transcurso del ciclo escolar logró conseguir una plaza para trabajar en el Museo de Antropología y no lo pensó dos veces, decidió cambiar de trabajo y dejar la enseñanza de lado.

 

Por cierto, los personajes de este texto son ficticios. Cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia.


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