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Artículo 01

Volumen 04

Una Historia de Vampiros: Bullying y Lectura

 

Alejandro Arteaga Martínez

Academia de Expresión Oral y Escrita

Universidad Autónoma de la Ciudad de México

 

Las historias de vampiros demuestran aún hoy el magnetismo que tienen estos personajes nocturnos para los jóvenes. Más allá de lo que implica la saga de Crepúsculo (comoHarry Potter de manera actual) para el mercado, estos bestsellers sobre figuras clásicas de los géneros de terror y fantástico dejan claro que la promoción de la lectura no requiere, a veces, de la insistencia académica para conseguir que incluso los niños lean largos, muy largos textos de ficción. Pero las causas de esta afición a la lectura ­–considerando aún el cúmulo de factores propagandísticos y reiterativos que están implicados en el éxito de obras tan largas– también pueden ser menos amables y tal vez producto de una violencia generalmente silenciosa. En las siguientes líneas, que tendrán un poco de reseña de cine y un tanto de reflexión pedagógica, hablaré precisamente sobre este tema que se desprende de la película Déjame entrar de Tomas Alfredson (2008): la relación entre lectura y acoso escolar.

En la película de Alfredson, Oskar (Kare Hedebrant), un lánguido preadolescente, traba amistad con Eli (Lina Leandersson), una misteriosa y demacrada niña que parece nunca tener frío a pesar de las noches nevadas. A la luz de algunos crímenes, Oskar descubre que Eli es una vampira de eternos 12 años. Pese a lo particular de la situación, el niño continúa la amistad incluso cuando ello implica dejarlo todo e iniciar un viaje incierto con su lúgubre amiga.

Si bien el vampirismo suele estar relacionado con el erotismo y la muerte desde una perspectiva macabra y sangrienta, Déjame entrar no es una historia tradicional, como se verá enseguida (quizá ni siquiera de una película de terror, como puede pensarse en un primer momento), y de entre los recursos con que se renueva el tema vampírico reitero la razón por la que me resultó tan atractiva la película sueca: la relación entre el acoso escolar y la lectura, que ya destaqué al principio de estas líneas.

Oskar es un niño solitario y casi olvidado por sus padres, pero martirizado continuamente por los fanfarrones de su escuela. Entre amenazas y golpes, Oskar encuentra tiempo para leer. “Leo mucho. Periódicos y cosas así”, declara en el salón de clase, en la primera escena donde las miradas intimidantes de sus acosadores nos exhiben el problema del bullying. Prueba de su afición a la lectura es la bitácora de notas rojas que disciplinadamente arma con recortes de periódicos. Tal vez es un buen estudiante ya que, cuando todos sus compañeros se marchan, él se queda trabajando en el salón (con la aprobación de la maestra) para aprender el código Morse y así poder comunicarse a través de las paredes con su nueva amiga.

Lo que nadie sabe es quién es, en verdad, el discreto Oskar. Lee por miedo al acoso, a su infierno cotidiano del que escapa al entrar en su cuarto o durante sus encuentros con Eli, la vampira. La combinación de acoso y lectura en Déjame entrar precisamente conduce a una reflexión en el marco de la enseñanza de lengua: siendo la lectura tradicionalmente un acto individual y solitario (aunque en la película se presenta una escena de lectura en voz alta, mecanismo de socialización al que debe volverse, según refieren los expertos en promoción de lectura), en medio de la cada vez más difícil situación que entraña la promoción de la lectura en todos los niveles escolares, siempre destaca en un salón de clases el buen lector. Cuál puede ser la causa de la existencia de este sujeto cada vez más extraño dentro del mundo escolar es una pregunta que rara vez se hace el docente quien, ante las exigencias de las instituciones educativas, se enfoca más en indagar cómo motivar en otros estudiantes el interés por el texto que ya posee el buen lector.

Dije al principio que puede haber una relación entre el buen lector y la violencia escolar, porque dado que el problema pedagógico del bullying suele traducirse en un bajo rendimiento académico de los estudiantes que padecen esta forma de acoso (Olvera, 2009:6) y rara vez los docentes tenemos tiempo para ver más allá de la inmediatez de los contenidos de una materia como para atender las causas del bajo desempeño escolar, el problema del acoso puede agudizarse sin que lo sepamos cuando tenemos frente a nosotros un buen lector que satisface la primera impresión del docente en relación con el contenido curricular. Precisamente en este cruce de lectura y acoso, ¿cómo hacer para estar alertas, como profesores siempre atareados con cuestiones administrativas y de la vida privada, a la situación de vida de nuestros mejores lectores para prevenir que la causa de un aparente éxito escolar, como parece pensarse de Oskar, sea una opresiva situación de violencia?

La experiencia de Oskar ante al acoso escolar en Déjame entrar es una realidad cotidiana de cada vez más adolescentes en espacios académicos del nivel medio y medio superior, pero complicada todavía más porque los síntomas no son los que generalmente se esperan de la víctima. La lectura como refugio ante el miedo y la violencia, y su traducción en excepcionales respuestas a las expectativas académicas a corto plazo, puede derivar en la acumulación de fantasías de ira –las notas rojas que recopila el protagonista de Alfredson alimentan un sordo deseo de venganza– las cuales, como prevención de su realización, ameritarían de una intervención del profesorado para canalizar al estudiante hacia las instancias correspondientes, si las hubiera. En Déjame entrar y como variación original de la figura vampírica, todo este aspecto preventivo falla: ni la institución ni la familia detectan oportunamente el conflicto de Oskar; es Eli en quien se encarna el vívido deseo de venganza que expresa Oskar con cuchillo en mano. El vampiro, universalmente asociado con el agresor y el victimario, adquiere entonces una dimensión salvífica en esta historia moderna de vampiros al romper, de manera casi redentora, el ciclo de violencia en el que parece estar encerrada la víctima de bullying y ofrecerle la posibilidad de conocer el mundo más allá de la casa, la escuela y, por supuesto, de los libros. Esta es una de las muchas dinámicas de lo que suele concebirse como fracaso escolar.

Las clases de lengua en el bachillerato (entiéndase literatura, redacción, idiomas) son espacios donde se privilegia la lectura por el contenido programático de las materias en los currículos institucionales, en buena medida, pero también por la posibilidades de expresar lo que se lee. Dada la peculiaridad cognitiva de la lectura, las clases de lengua son ventanas desde las cuales el docente puede percibir mejor la cada vez más anómala presencia del buen lector. ¿Cómo puede el profesor de lengua supervisar y certificar que el proceso de lectura de sus estudiantes sea un proceso libre y voluntario, tal como lo describe Pennac en Como una novela (2005), sin coerciones de ninguna clase que, como en el caso de Oskar, derivaran originalmente de una situación de vida miserable? La lectura debería ser, al menos por un tiempo, una actividad libertaria aún dentro del espacio académico y sus condicionantes institucionales. Las clases de lengua, en un marco de eticidad para enfrentar el problema del acoso, brindarían la oportunidad de intervenir paralelamente tanto en la detección de los cada vez más agudos problemas de lectura, como en la identificación y valoración de las destacadas excepciones que son las figuras de los buenos lectores.

Tal labor académica de supervisión del sujeto lector fuera del aula no es un trabajo descansado, pero sin duda es necesario. Contesto la pregunta que hice arriba sobre esta misma inquietud recordando la reciente exposición de Daniel Cassany (2010) durante su participación en el II Seminario Internacional de Lectura en la Universidad en Aguascalientes, donde analizó tres casos de buenos lectores que estaban fuera del ámbito académico por razones diversas –alguna absurda (me parece) como la de la joven que no podía traducir del latín sencillas oraciones ciceronianas cuando fuera del ámbito escolar se movía con soltura del catalán (su lengua materna) al español y al inglés–. Cassany sugería averiguar qué hace un lector con el idioma fuera de la escuela para ayudarlo mejor y ayudarse uno mismo en la tarea docente, pues además de apreciar la verdadera literacy de la que ese lector es capaz, se descubren varios elementos externos que llegan a interferir con esa habilidad de lectura dentro del aula. Porque si bien el docente no es ningún salvador heroico del estudiante en problemas (nada más lejos de mi idea de intervención docente), tampoco puede dejarlo solo frente a los vampiros cotidianos. La mediación entre la institución y el sujeto es una ardua tarea para la ética docente y la lectura se vuelve, insisto, en una posibilidad de intervención para la valoración de quién es esa rara figura del buen lector que tenemos en frente.

Cuánto puede hacerse para fomentar un estado óptimo de lectura y evitar el fracaso escolar inminente de un buen lector está expuesto en Déjame entrar: el espacio aséptico del salón de clases, la compleja interacción del docente con sus numerosos estudiantes, el silencio de la víctima a pesar de las marcas en el rostro, nada es revelador del trasfondo en la cotidianidad de los implicados en la enseñanza de la lengua. Es, como indiqué, un entorno adecuado para el fracaso escolar. Sin embargo, son motivaciones más oscuras las que hacen significativos los textos para Oskar, las que le permiten utilizar los textos como fuentes epistémicas, como demuestra su atinada participación ante el problema forense de la escena que cité arriba, cuando se hace visible el problema del bullying. Cuánto puede hacerse, preguntaba, es lo que propone Déjame entrar precisamente a través del ejemplo del error, de la ausencia, factores que se multiplican (y sus consecuencias) en la experiencia docente de varios sistemas públicos de bachillerato en el Distrito Federal.

Estas líneas sobre Déjame entrar en nada agota el original espacio artístico que construye el director de la cinta al aprovechar las sombras y penumbras de alguna región de Suecia para enmarcar la historia de Oskar y Eli, o al invertir la relación macabra del ‘nosferatu’ con su dama. La célebre imagen del vampiro retenido por el abrazo de su víctima hasta morir ambos al salir el sol en la cinta clásica de Werner Herzog (1979) o la escena donde una niña vampiro se corta, en un arrebato de ira y lujuria, su abundante cabello pelirrojo para verlo crecer de inmediato y corroborar que nunca abandonará la infancia (Jordan, 1994), ahora compite en mi imaginario con la escena final de Déjame entrar. Además de la oportunidad para meditar sobre el bullying y lectura, la película de Alfredson también es la historia de una incipiente esperanza, de una educación sentimental a través de la venganza y la retribución; pero además, es la historia de un triste fracaso escolar por bullying.

 

 

 

Obras citadas


·         Alfredson, T. (2008). Déjame entrar (Lat den rätte komma in). 114 min.

·         Cassany, D. (2010). Internet: 3; escuela: 0. Aprendiendo lo que hacen los chicos fuera de la escuela. II Seminario Internacional de Lectura en la Universidad. 5 de agosto del 2010. Conferencia.

·         Herzog, W. (1979). Nosferatu, vampiro de la noche (Nosferatu: Phantom der Nacht). 107 min.

·         Jordan, N. (1994). Entrevista con el vampiro (Interview With The Vampire). 117 min.

·         Olvera, L. (2009, 15 de octubre), El acoso escolar puede causar crisis emocionales, Gaceta UNAM, 9.

·         Pennac, D. (2005). Como una novela (J. Jordá, Trad. 10 ed.). Barcelona: Anagrama.


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